Amores que matan

Todos tenemos un te lo dije, un amigo que siempre está allí para recordarte que la has cagado. Intentas justificarte de cualquier manera, que si me dijo que había cambiado, que esta vez parecía más madura…hasta que bajas la mirada a la cerveza, ya caliente de escucharte, y entregas el escudo a tu colega. No lo miras pero lo ves. Esa mirada triunfal del que se sabe poseedor de la razón. Porque él, ya te lo decía.

Con la frialdad de la segunda cerveza, ves los indicios, que de tan claros te cegaron. La última vez ya terminasteis a matar: la echaste de casa en mitad de una cena y la cambiaste por alguien mucho peor, pero que te dio mejor resultado. Pero coño, no era lo mismo. El ser humano necesita sufrir para ser feliz. Todo el mundo aceptaba a las otras, des de tu prima miope hasta tu amigo bohemio, y ellas lo agradecían con una sonrisa permanente. Todos contentos. Menos tú. Tanta bondad y buenos modales te ponían violento. Necesitabas calmarte. Y para tranquilizarse, nada mejor que la acción.

Cuando lo tienes todo, echas de menos los problemas, el vacío del abandono.

Y entonces volvió. Maleducada, engreída e irrespetuosa como siempre, con un ego tan grande que no os permitía entrar en el mismo ascensor. Unos SMS a tus amigos diciéndoles que te echa de menos,  un par de guiños, su sonrisa más seductora y tú a sus pies en menos de lo que se tarda a firmar un contrato.

Le diste otra oportunidad, y no una cualquiera. Si te tienes que equivocar, hazlo bien. La untaste de oro, dándote un motivo para no dejarla antes de volver a empezar. Si en el fondo lo sabias. Ya te lo decían.

José-Mourinho-Receives-Support-From-Chelseas-Owner-Abramovich
Morocco World News

Vuelvo a casa, te dijo al primer día. Y  se peleó con todos y con nadie para defender vuestro amor. Te derretías cada vez que la escuchabas proclamar a los siete vientos que era única, The Special One, que decía con su mejor sonrisa en un inglés de Benidorm.

Pero las segundas partes nunca fueron buenas, y menos cuando la primera terminó a guantazos. Se discutió con todo el mundo, y no lo hizo con Dios porque para ello tenía que ponerse delante de un espejo. Así era ella.

Aguantaste demasiado, más por pereza que por convencimiento. No querías volver a oír el ya te lo dije en boca de los sabios profetas, aquellos que se perpetuarían en tu situación de estar en tu lugar.

Y al final has claudicado. Le has dejado una nota y te has escondido en el baño, preparándote para salir a la búsqueda de una holandesa tan desesperada como tú. De vuelta de todo.

Los abusones

Todos hemos tenido un abusón en clase. Con un desarrollo físico veloz, nunca acompañado de un incremento de la capacidad intelectual, el abusón (a partir de ahora le llamaremos Juan) compartía con el sociópata una alarmante falta de empatía.  Era el rey del recreo. En los partidos de futbol que se montaban entre soporíferas clases, insufribles e incomprensibles a partes iguales para Juan, él era el jugador total. Para dejar clara su condición de rey, no dudaba en acompañar sus torpes movimientos con el balón de empujones, escupitajos e innumerables insultos y amenazas. La ley del más fuerte se explica gráficamente durante el recreo de cualquier colegio de primaria. Cada día que pasaba eran menos los valientes que intentaban quitarle el balón a Juan, y al más debilucho de los indefensos le tocaba jugar de portero, la diana de la furia de Juan. Si por error alguien le quitaba la pelota, Juan se encargaba primero de señalar penalti (aunque la supuesta infracción fuera en el medio del campo) y luego de castigar al atrevido. Si era física o verbalmente dependía de si antes del patio había podido dormir en la clase de matemáticas.

Pero, para fortuna de los desafortunados, había días en los que la autoridad de Juan quedaba reducida a cenizas. Era cuando llegaban los alumnos de cursos superiores, con un físico igual o más imponente que el del abusón. Entonces, el Terminator del recreo se convertía en un Lego. Cabizbajo, se retiraba llorando al no saber cómo encajar los golpes y la humillación que suponía ser ridiculizado ante sus inferiores.

FBL-EUR-C1-REALMADRID-SHAKHTAR
PIERRE-PHILIPPE MARCOU/AFP/Getty Images

Juan es el Real Madrid de los últimos tiempos, un equipo que huele la sangre de los más débiles, de los heridos, y que se esconde ante los de su tamaño, incapaz de mirarles a la cara con la misma agresividad con la que pega a los pequeños.  Un conjunto de egos, camisetas de oro y videos de Youtube que atropella a los más inofensivos, a los equipos que se entregan sin luchar a la mística e intimidación de un escudo, de una lista interminable de nombres mediáticos. Un equipo que colecciona goleadas astronómicas ante el Malmö o el Granada de turno, y que luego se esconde cuándo llegan los grandes. La bravuconería y la fanfarronería con la que atropellan a los pequeños, olvidando la deportividad para saciar sus desorbitados egos, se convierten en desasosiego y temor cuándo un grupo de chavales les mira desde el principio a la cara, sin miedo en los ojos.

Y así el orgullo blanco desaparece y los maravillosos genios de otra galaxia quedan reducidos a desalmados egoístas que desprecian el escudo que visten, ese intangible que usan como arma ante los que se saben inferiores. Y, cómo en toda cuadrilla de abusones, destaca un líder enloquecido, la soberbia vestida de futbolista. El Rey Abusón, el que se esconde cuando más calienta el sol.