Amores que matan

Todos tenemos un te lo dije, un amigo que siempre está allí para recordarte que la has cagado. Intentas justificarte de cualquier manera, que si me dijo que había cambiado, que esta vez parecía más madura…hasta que bajas la mirada a la cerveza, ya caliente de escucharte, y entregas el escudo a tu colega. No lo miras pero lo ves. Esa mirada triunfal del que se sabe poseedor de la razón. Porque él, ya te lo decía.

Con la frialdad de la segunda cerveza, ves los indicios, que de tan claros te cegaron. La última vez ya terminasteis a matar: la echaste de casa en mitad de una cena y la cambiaste por alguien mucho peor, pero que te dio mejor resultado. Pero coño, no era lo mismo. El ser humano necesita sufrir para ser feliz. Todo el mundo aceptaba a las otras, des de tu prima miope hasta tu amigo bohemio, y ellas lo agradecían con una sonrisa permanente. Todos contentos. Menos tú. Tanta bondad y buenos modales te ponían violento. Necesitabas calmarte. Y para tranquilizarse, nada mejor que la acción.

Cuando lo tienes todo, echas de menos los problemas, el vacío del abandono.

Y entonces volvió. Maleducada, engreída e irrespetuosa como siempre, con un ego tan grande que no os permitía entrar en el mismo ascensor. Unos SMS a tus amigos diciéndoles que te echa de menos,  un par de guiños, su sonrisa más seductora y tú a sus pies en menos de lo que se tarda a firmar un contrato.

Le diste otra oportunidad, y no una cualquiera. Si te tienes que equivocar, hazlo bien. La untaste de oro, dándote un motivo para no dejarla antes de volver a empezar. Si en el fondo lo sabias. Ya te lo decían.

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Morocco World News

Vuelvo a casa, te dijo al primer día. Y  se peleó con todos y con nadie para defender vuestro amor. Te derretías cada vez que la escuchabas proclamar a los siete vientos que era única, The Special One, que decía con su mejor sonrisa en un inglés de Benidorm.

Pero las segundas partes nunca fueron buenas, y menos cuando la primera terminó a guantazos. Se discutió con todo el mundo, y no lo hizo con Dios porque para ello tenía que ponerse delante de un espejo. Así era ella.

Aguantaste demasiado, más por pereza que por convencimiento. No querías volver a oír el ya te lo dije en boca de los sabios profetas, aquellos que se perpetuarían en tu situación de estar en tu lugar.

Y al final has claudicado. Le has dejado una nota y te has escondido en el baño, preparándote para salir a la búsqueda de una holandesa tan desesperada como tú. De vuelta de todo.

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