Esnifando la verdad

CeroCeroCero – Cómo la cocaína gobierna el mundo (Roberto Saviano, Anagrama)

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El periodista y escritor italiano tiene la capacidad de golpearte con las palabras, como a él quieren golpear los mafiosos a los que destapó con Gomorra, un libro que le consagró mediáticamente y lo enterró a vivir siempre escondido.

Con CeroCeroCero dio un paso más y exhibió su brillante prosa y su impresionante capacidad de escarbar en cualquier sitio para acabar arrojando luz sobre el oscuro mundo del narcotráfico. Centrándose en la cocaína, dibuja un estremecedor viaje alrededor del planeta siguiendo la pista de esta droga y su repercusión a todos los niveles.

A continuación, una pequeña selección de las mejores citas y fragmentos del libro.

La reflexión vital

¿Amor? El amor se acaba.  ¿Crees en tu corazón? El corazón se detiene. ¿No? ¿No amor y no corazón? ¿Entonces crees en el coño? Pero hasta el coño después de un tiempo se seca. ¿Crees en tu mujer? Cuanto se te acabe el dinero te dirá que la descuidas. ¿Crees en los hijos? En cuanto dejes de darles dinero dirán que no los quieres. ¿Crees en tu madre? Si no le haces de niñera dirá que eres un hijo ingrato. Escucha lo que dio: tienes que vivir. Hay que vivir para uno mismo. Es por uno mismo por lo que hay que saber ser respetado y luego respetar. La familia. Respetar a quien os sirve y despreciar a quien no sirve. El respeto lo conquista quien puede daros algo, lo pierde el que es inútil. ¿Acaso no sois respetados por quien quiere algo de vosotros? ¿Por quien os tiene miedo? ¿Y cuando no podéis dar nada? ¿Cuándo ya no tenéis nada? ¿Cuándo ya no servís? Se os considera basura. Cuando no podéis dar nada, no sois nada.

El miedo y la crueldad

El miedo y el respeto van de la mano, son las dos caras de la misma moneda: el poder.

Ésos son gritos, los únicos que la memoria no olvida.

Cuando hablas en público de un soldado dices que quiere la paz y odia la guerra; cuando estás solo con el soldado le enseñas a disparar.

La crueldad se aprende. La crueldad funciona. La crueldad tiene reglas.

La envidia desgarra y devora, pero los beneficios unen como el más venenoso de los pegamentos.

Los efectos 

(…) Pero no sólo eso, también mejora la percepción que tienes de ti mismo, te sientes contento, tienes ganas de hacer cosas, estás eufórico, y si lo tienes hasta se te quita dolor. Pierdes toda inhibición, por lo tanto aumenta el deseo de tener sexo y la iniciativa. Y además la coca no te hace sentirte un drogadicto. Un heroinómano no tiene nada que ver con un cocainómano. El que esnifa coca es una persona rutinaria, no un yonqui. Satisface una necesidad y luego sigue su camino.

La coca es la respuesta exhaustiva a la necesidad más apremiante de la época actual: la falta de límites.

El poder económico 

Existen dos clases de riquezas. Las que cuentan el dinero y las que lo pesan. Si el tuyo no es el segundo tipo de riqueza, no sabes qué es realmente el poder.

(…) Con un cambio de manos ganas más que con meses y meses de trabajo, sea cual sea éste. Y no te basta saber que acabarás detenido para hacerte elegir otro oficio. Aunque me ofrecieran un trabajo que me permitiese ganar lo que gano hoy, no creo que lo cogiera, porque seguramente ocuparía una parte mayor de mi tiempo. Eso también vale para los pelagatos que venden en la calle. Para llegar a ganar la misma cantidad de todos modos tendrían que dedicar más tiempo.

Si hubieras invertido 1.000 euros en acciones de Apple a principios de 2012, ahora tendrías 1.670. No está mal. Pero si hubieras invertido 1.000 euros en coca a principios de 2012, ahora tendrías 182.000: ¡cien veces más que invirtiendo en el título bursátil récord del año!

Los bancos y la justicia 

(…) Tanto es así que en diciembre de 2009 el entonces responsable de la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito, Antonio Maria Costa, hizo una declaración sorprendente. Había podido comprobar —dijo— que las rentas de las organizaciones criminales habían sido el único capital de inversión líquida del que habían dispuesto algunos bancos para esquivar la quiebra.

Muchos bancos sólo se han salvado gracias a ese dinero. Una gran parte de los 352.000 millones de narcodólares estimados ha sido absorbida por el sistema económico legal, perfectamente blanqueada.

Los centros del poder financiero mundial se han mantenido a flote con el dinero de la coca.

La mujer que recorría el mundo explicando cómo combatir el blanqueo de dinero, lo blanqueaba en secreto.

 

 

La vejez del intérprete

La vejez comienza cuando el recuerdo es más fuerte que la esperanza”, reza un proverbio hindú. Servidor, poco dado a mezclar recuerdos y esperanzas, sintió la llamada de la vejez cuando el pasado jueves vio como los árbitros señalaron una técnica a Navarro por flopping. Este anglicismo se exportó de la NBA, y sirve para castigar al jugador que exagera una falta, que la finge, con el fin de engañar a los árbitros y sacar una personal al rival. Un arte que Navarro, mentor y guía del movimiento,  perfeccionó hasta tal punto que uno se lo podía imaginar haciendo aspavientos en la cola de El Corte Inglés.

Pero el tiempo pasa, la vejez acecha y los privilegios cambian. Los jóvenes no respetan nada. Diríjanse a un banco de cualquier parque de su ciudad y pregúntenle a los dos ancianos allí sentados que piensan al respeto.

—Ya no se respeta a los mayores. —Dirá el primero, con la cara embutida entre una bufanda gris y una boina a conjunto.

—Nosotros no éramos así. Se han perdido los valores. —Afirmará el segundo, mirando las palomas que se posan ante los dos, sedientas de la sabiduría de los que han entendido el significado de la vida cuando ésta se les escapa.

Me sigo considerando un actor de reparto”. Esta frase la firmo Dick Bavetta, el mítico árbitro que estuvo más de 39 años paseando su silbato por las canchas de la NBA. A Robert Lottermoser, Javor Damir y Piotr Pastusiak, los tres valientes hombres de negro que, en la fría e inmortal Moscú, se atrevieron con Navarro, me los imagino instantes antes del partido pensando en la sentencia del Michael Jordan del arbitraje. Como Jon Cryer en Dos Hombres y Medio, que aprovechó el descenso al infierno (o al paraíso, depende de los gustos de cada uno) de Charlie Sheen para convertirse en protagonista, los tres jueces vieron su oportunidad de homenajear a los caídos y darse, al fin, un gusto con uno de los intocables. Apartaron a la estrella de la pantalla y disfrutaron del fruto prohibido, de su papel de protagonistas.

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Euroleague (www.euroleague.net)

El colectivo arbitral, durante años, ha tratado a Navarro de forma reverencial. Miedo convertido en respeto, o al revés. Esto permitió al genial jugador añadir, a su ya de por sí interminable repertorio ofensivo, la interpretación. Viéndolo en directo, en su etapa más creativa, uno tenía la tentación de entonar la peliculera frase de “¿hay algún médico en la sala?”, cuando veía sus espasmos ante el mínimo contacto de un rival. Otras veces podías observar a aficionados mirando al techo del pabellón, buscando al francotirador que lo acaba de disparar.

Los rivales, desesperados, se habían acostumbrado a no mirarle más de tres segundos a la cara, conscientes que dicha osadía seria castigada con falta. Una y otra vez. Tal era el perfeccionamiento artístico de Navarro, que te cabreabas cuando no lo veías entre los nominados a los Oscar. Los americanos son cortos de mira, se consolaba uno.

Pero Navarro ya no es La Bomba. Su pólvora está mojada y no infunde miedo. Ahora son los Rudy, Teodosic, Chacho, Spanoulis o De Colo los que poseen sus privilegios. Los alumnos han superado al maestro. Y esto Navarro, con la cabeza deformada de tantos años sosteniendo la corona, no lo soporta. Por eso decidió borrarse en Moscú. Le han cambiado las reglas sin avisar, y eso es inadmisible. Ni una simple carta, ni un par de emoticonos en un Whatsapp. Nada.

Como al jubilado alemán, que a falta de agilidad se entrega al sol de Mallorca, a Navarro le queda la ACB para seguir sintiéndose el Rey.

Para seguir sintiéndose joven.

Y a nosotros nos queda el consuelo de pensar que la Academia, en un alarde de memoria histórica, le entregue el Oscar honorífico por su carrera profesional.

Amores que matan

Todos tenemos un te lo dije, un amigo que siempre está allí para recordarte que la has cagado. Intentas justificarte de cualquier manera, que si me dijo que había cambiado, que esta vez parecía más madura…hasta que bajas la mirada a la cerveza, ya caliente de escucharte, y entregas el escudo a tu colega. No lo miras pero lo ves. Esa mirada triunfal del que se sabe poseedor de la razón. Porque él, ya te lo decía.

Con la frialdad de la segunda cerveza, ves los indicios, que de tan claros te cegaron. La última vez ya terminasteis a matar: la echaste de casa en mitad de una cena y la cambiaste por alguien mucho peor, pero que te dio mejor resultado. Pero coño, no era lo mismo. El ser humano necesita sufrir para ser feliz. Todo el mundo aceptaba a las otras, des de tu prima miope hasta tu amigo bohemio, y ellas lo agradecían con una sonrisa permanente. Todos contentos. Menos tú. Tanta bondad y buenos modales te ponían violento. Necesitabas calmarte. Y para tranquilizarse, nada mejor que la acción.

Cuando lo tienes todo, echas de menos los problemas, el vacío del abandono.

Y entonces volvió. Maleducada, engreída e irrespetuosa como siempre, con un ego tan grande que no os permitía entrar en el mismo ascensor. Unos SMS a tus amigos diciéndoles que te echa de menos,  un par de guiños, su sonrisa más seductora y tú a sus pies en menos de lo que se tarda a firmar un contrato.

Le diste otra oportunidad, y no una cualquiera. Si te tienes que equivocar, hazlo bien. La untaste de oro, dándote un motivo para no dejarla antes de volver a empezar. Si en el fondo lo sabias. Ya te lo decían.

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Morocco World News

Vuelvo a casa, te dijo al primer día. Y  se peleó con todos y con nadie para defender vuestro amor. Te derretías cada vez que la escuchabas proclamar a los siete vientos que era única, The Special One, que decía con su mejor sonrisa en un inglés de Benidorm.

Pero las segundas partes nunca fueron buenas, y menos cuando la primera terminó a guantazos. Se discutió con todo el mundo, y no lo hizo con Dios porque para ello tenía que ponerse delante de un espejo. Así era ella.

Aguantaste demasiado, más por pereza que por convencimiento. No querías volver a oír el ya te lo dije en boca de los sabios profetas, aquellos que se perpetuarían en tu situación de estar en tu lugar.

Y al final has claudicado. Le has dejado una nota y te has escondido en el baño, preparándote para salir a la búsqueda de una holandesa tan desesperada como tú. De vuelta de todo.

Los abusones

Todos hemos tenido un abusón en clase. Con un desarrollo físico veloz, nunca acompañado de un incremento de la capacidad intelectual, el abusón (a partir de ahora le llamaremos Juan) compartía con el sociópata una alarmante falta de empatía.  Era el rey del recreo. En los partidos de futbol que se montaban entre soporíferas clases, insufribles e incomprensibles a partes iguales para Juan, él era el jugador total. Para dejar clara su condición de rey, no dudaba en acompañar sus torpes movimientos con el balón de empujones, escupitajos e innumerables insultos y amenazas. La ley del más fuerte se explica gráficamente durante el recreo de cualquier colegio de primaria. Cada día que pasaba eran menos los valientes que intentaban quitarle el balón a Juan, y al más debilucho de los indefensos le tocaba jugar de portero, la diana de la furia de Juan. Si por error alguien le quitaba la pelota, Juan se encargaba primero de señalar penalti (aunque la supuesta infracción fuera en el medio del campo) y luego de castigar al atrevido. Si era física o verbalmente dependía de si antes del patio había podido dormir en la clase de matemáticas.

Pero, para fortuna de los desafortunados, había días en los que la autoridad de Juan quedaba reducida a cenizas. Era cuando llegaban los alumnos de cursos superiores, con un físico igual o más imponente que el del abusón. Entonces, el Terminator del recreo se convertía en un Lego. Cabizbajo, se retiraba llorando al no saber cómo encajar los golpes y la humillación que suponía ser ridiculizado ante sus inferiores.

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PIERRE-PHILIPPE MARCOU/AFP/Getty Images

Juan es el Real Madrid de los últimos tiempos, un equipo que huele la sangre de los más débiles, de los heridos, y que se esconde ante los de su tamaño, incapaz de mirarles a la cara con la misma agresividad con la que pega a los pequeños.  Un conjunto de egos, camisetas de oro y videos de Youtube que atropella a los más inofensivos, a los equipos que se entregan sin luchar a la mística e intimidación de un escudo, de una lista interminable de nombres mediáticos. Un equipo que colecciona goleadas astronómicas ante el Malmö o el Granada de turno, y que luego se esconde cuándo llegan los grandes. La bravuconería y la fanfarronería con la que atropellan a los pequeños, olvidando la deportividad para saciar sus desorbitados egos, se convierten en desasosiego y temor cuándo un grupo de chavales les mira desde el principio a la cara, sin miedo en los ojos.

Y así el orgullo blanco desaparece y los maravillosos genios de otra galaxia quedan reducidos a desalmados egoístas que desprecian el escudo que visten, ese intangible que usan como arma ante los que se saben inferiores. Y, cómo en toda cuadrilla de abusones, destaca un líder enloquecido, la soberbia vestida de futbolista. El Rey Abusón, el que se esconde cuando más calienta el sol.